MATEO 28:16-20 - HACER
DISCÍPULOS
v.16 – Los Once
Discípulos se trasladan de Jerusalén a Galilea, de acuerdo a lo ordenado
previamente por Jesús (cf. p.ej. Mt.26:32 / 28:7,10). Allí lo encontrarán sobre
una montaña. Sobre una montaña también, Jesús, según Mateo, había pronunciado
las Bienaventuranzas y todo el Sermón del Monte. El nuevo y más grande Moisés
que es Jesús dará sus últimas instrucciones a los discípulos en una montaña de
Galilea. En lugar de la montaña del Sinaí en el desierto, o de la montaña de
Sión en Jerusalén, se trata aquí de una montaña hacia la cual irán los
discípulos en misión hacia el mundo. La misión a las naciones tiene como etapa
obligada, para los discípulos, el encuentro con el Resucitado en Galilea. Al
comienzo del ministerio de Jesús está el evento de la montaña de las Bienaventuranzas
(Mt.5:1), ubicada en Galilea, de donde proceden Jesús y los discípulos que él
tomará para sí durante su ministerio público. Y al final de la misión de Jesús,
habiendo pasado ya por la crucifixión y ahora bajo la presencia como
Resucitado, él se dirige por última vez a sus discípulos en una montaña que
también está en Galilea (¿hay que pensar en la misma de las Bienaventuranzas?).
v.17 – Adoración y duda se combinan en el grupo de
los seguidores de Jesús. Estar con el Señor Jesús es un privilegio, pero también
una sorpresa. La experiencia de la presencia del Resucitado con los suyos,
después del evento de la pasión y crucifixión, no es fácil de asimilar. Los
discípulos se trasladaron hasta Galilea, subieron a la montaña, se encontraron
con Cristo y reciben un mandato misionero. Caminaron para seguir caminando. Obedecieron
la voz del Maestro y en adelante deberán seguir obedeciendo su voz para la
misión entre las naciones. Donde Jesús había comenzado su ministerio, en la
Galilea distante de Jerusalén, sus seguidores más inmediatos tendrán que
comenzar el ministerio con el anuncio de la presencia de Cristo entre ellos. La
muerte no pudo retenerlo; la cruz no marcó su derrota; su movimiento cobra un
nuevo y gran impulso a partir de la Pascua de Resurrección.
v.18 – El Resucitado les habla diciendo que recibe
todo poder en el universo. Tiene la autoridad de Dios mismo. Les habla desde su
poder y autoridad. Está sobre una montaña en Galilea, pero, más aún, está sobre
los discípulos para darles un mandato. Se adelantó a sus discípulos para
encontrarlos allí; ahora ellos y otros seguidores y seguidoras de Cristo deben
encontrar a las personas de todas las naciones para que conozcan el mensaje de
Cristo.
v.19ª - Marchar y formar discípulos es la consigna.
Hay que movilizarse y capacitar a las personas. Seguir a Cristo en el mundo es
seguir y buscar a las personas para compartir un mensaje, una presencia, un
testimonio, una certeza de vida, una esperanza, una comunión fraternal y un
compromiso ético. La Iglesia, como Cristo, debe vivir para los demás (como
decía Bonhoeffer).
v.19b – El Bautismo en nombre del Dios trino y uno
será distintivo de la Iglesia de Cristo. El Bautismo es una señal visible de
nuestra pertenencia al Dios invisible, el Dios de Jesús. Bajo la autoridad y el
poder de Dios que se manifiesta creando, salvando y consolando, los nuevos
discípulos reconocerán que se incorporan al movimiento de Jesús.
v. 20ª -
Enseñanza sobre el ministerio de Jesús, memoria activa y conducta para
la vida deben ser los pilares de la educación cristiana. Jesús se manifiesta
como Resucitado allí donde la persona aprende de Él para vivir y para servir.
El guardar todas las cosas que Cristo ha enseñado no es un secreto sino una
comunicación pública. Pero no es sólo anuncio sino vida. Es vida y es
compromiso. Es compromiso y esperanza. Es esperanza y presencia del Resucitado.
v. 20b - La
promesa del Resucitado es estar con los suyos siempre, hasta el fin. Sin esta
certeza la Iglesia no tiene resguardo, se convierte sólo en una asociación
humana más. Con la presencia espiritual de Cristo, en cambio, la Iglesia marcha
«desde la montaña de Galilea» hacia el mundo con la inspiración, el consuelo y
la esperanza de que Dios llevará todas las cosas hacia la consumación de su
Reino. Estamos en el camino del Reino para mostrar a toda persona que hay un
Señor que nos capacita para vivir.
La diversidad de los
testimonios bíblicos sobre la resurrección y las apariciones del Resucitado en
los evangelios y en las cartas de Pablo manifiestan la complejidad del evento,
por lo tanto, significan para nosotros una dificultad en la comprensión del asunto.
La muerte de Jesús ocurrió
en la historia humana, por lo tanto fue un acto medible y experimentable:
ocurrió un día determinado, bajo el poder del Imperio Romano y bajo las
autoridades hebreas de Jerusalén, con una condena explícita y ante la presencia
de muchas personas. Los evangelios como testimonios históricos dan cuenta de
ello. La muerte de Jesús fue vista por los testigos oculares… y contada por sus
seguidores, los evangelistas y demás escritores del NT.
¡Pero la resurrección de
Jesús sólo fue experimentada (vista) por los creyentes! Vieron a Jesús resucitado
con los ojos de la fe. La resurrección de Jesús ocurrió para sus seguidores/as
en su propia historia y así lo experimentaron… pero para quien no acepta ese
testimonio ello es una locura, una fantasía en la mente de fanáticos…
Jesús, a partir de su
resurrección, de su exaltación como Señor soberano sobre este mundo, es quien
dispone del mayor poder aunque todavía no sea visible ni claro para muchos, y
no lo apreciemos en su plenitud. Ese poder o autoridad le viene del Padre, por
quien venció a quienes creían haberlo vencido. Aquellos que no pudieron ver en
Jesús a Dios en persona sanando a los enfermos, acercándose a los humildes,
considerando a los pobres en su indigencia, marginación y frustración, no
comprendieron la vida nueva del Reino de Dios. Ahí estaba desarrollándose el
Reino del amor, el reino del poder más grande sobre esta tierra… aunque todavía
no lo apreciemos cabalmente. Ahí estaba actuando, ya, la victoria de la Vida
sobre la muerte.
El mandato de Jesús a sus
discípulos es que continúen en la obra de preparar a nuevas personas para que
acepten a Cristo y trabajen para su Reino. No hay límites geográficos, tampoco
límites de las tradiciones humanas. Cualquiera puede acercarse al Señor, creer
y aceptarlo, recibiendo una formación bíblica y siendo bautizado como signo de
pertenencia al Señor del perdón y del amor. No hay trabas demasiado grandes
para Jesús, si es que hay de nuestra parte una entrega apasionada a Él, una
unión personal. La iglesia se va formando con todos los que, con sinceridad y
convicción, aceptamos incluirnos en la legión de los seguidores/as de Jesús,
hoy como ayer.
La Iglesia no es perfecta,
tampoco lo son cualquiera de sus manifestaciones y nombres, organizaciones o
movimientos. Pero, de todas maneras, como dice Míguez Bonino2:
«Dios hace sociedad con el hombre para perfeccionar
juntos el mundo, en un amor que no reconoce límites ni fracasos sino que se
envuelve siempre de nuevo en la persecución de un proyecto, de una vida humana
personal y colectiva que tiene futuro presente y eterno en cuanto se compromete
en esa creación de amor».
«El Evangelio nos invita a jugarnos la vida a que Dios es
el Dios por los hombres, a que la vida humana ha sido creada para amar, a que
el amor tiene futuro»
Álvaro Michelin Salomon
Tomado con recortes del
libro ESTUDIOS BÍBLICOS PARA
CAMINAR CON EL PUEBLO DE DIOS – VOL.III
Nuevo Testamento, Tomo 2 de Álvaro Michelin Salomon
con la colaboración de Wilma E. Rommel
(Estudio N° 7),
disponible en internet:
-VOL.-III-enero-2015.pdf