lunes, 23 de diciembre de 2013

Tres Generaciones en la Primera Navidad.

Lucas 2:22-40. El Niño Jesús con Simeón y Ana.
 
Tres generaciones se hacen presente en el relato de Lucas 2:22-40: un bebé, dos ancianos y la pareja de María y José. El espectro total de la vida humana individual queda abarcado en la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén. Pero la historia de Israel también está señalada allí: tanto la larguísima experiencia del Israel del A.T. como la nueva historia que comienza con Jesús, la de la Iglesia. Para atrás y para adelante miran Simeón y Ana, y dan gracias a Dios porque «han visto la salvación», la liberación para todos los pueblos, la luz de vida para Israel y los demás países, hecha persona humana en Jesús.
Así como el relato de Navidad de Mateo, referido a los sabios de Oriente que visitan al niño Jesús (Mt.2:1-12), tiene su cuota de universalidad o internacionalidad, el encuentro de la familia de Jesús con los ancianos en el templo de Jerusalén también tiene su sello internacional, aunque la escena se ubique en el corazón de Israel, la ciudad capital, y en el corazón de Jerusalén, el templo. De Israel sale el liberador para todos los pueblos, enviado por Dios para alumbrar al mundo.
Desde su nacimiento, Jesús es señalado como Hijo del Altísimo (Lc.1:32), Hijo de Dios (Lc.1:35),  Salvador, Cristo, el Señor (Lc.2:11), Luz, Revelación a los gentiles y Gloria para Israel (Lc.2:32). Pero también es cierto que el Jesús adulto será un signo de contradicción pues no todos aceptarán seguirlo (Lc.2:34-35). El ministerio del Jesús adulto es anticipado, en el relato bíblico, por la presentación del bebé en el templo.
La perspectiva de los ancianos Simeón y Ana es de gozo y esperanza, porque encon-traron en Jesús la confirmación de las promesas de los profetas y de sus propias expectativas. Estos ancianos ya no pretenden nada más para sí mismos: sus vidas estaban realizadas, por así decirlo, pero no quieren ser egoístas, se alegran porque han reconocido que en Jesús está el verdadero futuro de Israel y del mundo en general. Ana actúa de evangelista al hablar del niño Jesús a los asistentes al templo; Simeón, por su lado, actúa de consejero pastoral al hablarle a María y prepararla para lo que vendrá.

Simeón y Ana son dos referentes en torno al nacimiento de Jesús, inmediatamente después de este acontecimiento, así como Zacarías y Elisabet lo son antes del mismo (Lc.1). Para Zacarías y Elisabet se cumple un milagro totalmente inesperado al producirse el nacimiento de Juan, su hijo, el futuro Bautista (o bautizador). Y Simeón y Ana también son protagonistas del milagro de encontrarse personalmente con el Mesías Jesús. Zacarías cumple el rito sacerdotal en el Templo cuando tiene la revelación de Dios, y Simeón y Ana también están en el Templo cuando aparecen José, María y Jesús. Elisabet no podía tener hijos y de Ana no se informa que tuviera hijos/as. Elisabet tuvo la visita de María, embarazada de Jesús, y la propia Elisabet estaba embarazada (Lc.1). Ana, muy anciana ya, aunque no queda embarazada como Elisabet, que era estéril (Lc.1:7), sí tiene el gozo de conocer al niño Jesús y hablar de él a la gente que acudía al Templo en Jerusalén. Zacarías, Elisabet y su hijo Juan, son protagonistas en el tiempo previo del nacimiento de Jesús. Simeón y Ana, así como los pastores de Belén, son protagonistas en el tiempo mismo del nacimiento y pocos días después.
María y José cumplen con las prácticas religiosas de su pueblo:

«Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño… cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos conforme a la Ley de Moisés, lo trajeron a Jerusalén para presentarlo al Señor… y para ofrecer conforme a lo que se dice en la Ley del Señor: «un par de tórtolas o dos palominos»» (Lc.2:21-24).

La religión está representada, arquitectó-nicamente, por el imponente templo de Jerusalén. Simeón era un hombre piadoso y justo, que esperaba la consolación de Israel, es decir, anhelaba que Dios trajera el nuevo tiempo de justicia y paz que había sido prometido por los profetas; ese tiempo estaba vinculado, de forma muy especial, con la esperanza en la venida del Mesías. Simeón bendice al niño Jesús, agradece de corazón a Dios y aconseja a María. Ana era una profetisa, una persona con la sensibilidad espiritual muy desa-rrollada. Había quedado viuda y al menos tenía 84 años (se discute su edad exacta). Vivía prácticamente en el templo, orando y ayunando. También ella es testigo de Jesús y no puede dejar de hablar de la esperanza que Jesús trae para su pueblo.
Simeón y Ana representan la generación que se va; María y José: la generación intermedia que permanece y debe obrar como una bisagra de la historia entre las anteriores y las posteriores.  El bebé Jesús representa la nueva generación. Pero Jesús simboliza, además, en la concepción del evangelista Lucas, el centro de la historia: antes está el Israel del Antiguo Testamento; después de Jesús viene la Iglesia, a partir de sus discípulos y discípulas; y al medio de ambos períodos está la persona histórica de Jesús.
Entre nuestros seres queridos, amigos, vecinos y miembros de iglesia, también contamos con distintas generaciones y tiempos históricos que han marcado, de manera distinta, la vida de cada persona.  Las generaciones se suceden, el tiempo no deja de transcurrir; las instituciones también cambian, incluida la Iglesia, pero el Espíritu de Cristo continúa impulsando nuestra fe y nuestro compromiso. Es como si Cristo estuviera, en persona, en el centro de nuestra vida. También cada uno de nosotros tiene una historia personal y también un futuro. Que el Espíritu de Cristo toque cada tramo de nuestra existencia y nos colme de bendición y paz.
Álvaro Michelin Salomon

jueves, 21 de noviembre de 2013

Recordando a Edith Gröning de Bognar




Recordando a Edith:

El 23 de octubre en Buenos Aires, se apagó la vida de quien fuera un referente insoslayable en la vida de esta comunidad: Edith Gröning de Bognar.
Es difícil expresar lo que Edith significó para todos nosotros, su activa presencia abarcó muchas décadas, muchas situaciones, muchas personas y pudo llevar adelante esta actividad gracias a su gran responsabilidad y su profunda fe. Pensamos que éstas líneas tomadas de testimonios recibidos entre muchos otros (que no podemos editar por falta de espacio)  expresan el sentir de nuestra comunidad a través del recuerdo que nos ha dejado su generosidad y su coherencia de vida.
Testimonios:

«Hoy leí una frase que dice que la diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario, es ese pequeño «extra»..y eso define para mí, la vida de una gran mujer que nos dejó: Edith Gröning-Bognar.
Ella hizo que cada pequeño acto fuera extraordinario: en su vida, en sus afectos, en su familia, en la comunidad de fe-IERBA que ayudó a formar, en el Teatro Colón (al que dedicó una enorme parte de su vida)...No era facil seguirle el tranco, ya que su andar imponía una exigencia tremenda...
Una mujer apasionada por la vida, por todo lo que evocara desafíos. Que no sabía lo que era la palabra «imposible»....iba detrás de lo que creía necesario, y lo lograba! y si no lo lograba, encontraba el modo de transformar el resultado «negativo», en algo bueno. Representante cabal de toda una generación de inmigrantes protestantes que supieron hacer de esta tierra, su tierra, con compromiso, pasión, responsabilidad y amor. El «deber ser» los ató siempre, pero supieron hacer de esas ataduras, libertad de crear.
Como toda apasionada, cuando llegó el tiempo en que no podía seguir moviendo su mundo, le costó encontrar el nuevo espacio, y así fue apagándose, lentamente, casi como una paradoja de lo que fue su vida, intensa.
Ahora descansa al fin, en ese descanso que ella esperaba hace años, como me lo dijo la última vez que hablamos. Se fue, pero sus obras siguen aquí, y seguirán en su hijo, su hija, sus nietas y nietos y en cada persona que la evoque cuando escuche buena música, cuando piense en una tarea bien cumplida (a lo Edith), cuando recorra la historia del mundo protestante francés en Buenos Aires, cuando....»
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«... Mi Biblia tiene dentro de sus páginas una lista de nombres invisible a los ojos. Se trata de un puñado muy reducido de gente entre los cuales el nombre de Edith ocupa uno de los primeros lugares.
Jamás sabré en cuantas de esas páginas invisibles dentro de otras tantas Biblias figura también el nombre de Edith, pero se que las hay y se que son muchas. Dicen que uno de los orgullos mas grande de un maestro es ver que sus discípulos lo superan, ojalá Dios nos de la fuerza y la sabiduría, pero va a ser muy difícil poder darle ese orgullo a Edith.»
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Fue la persona que me dio la bienvenida en mi primer culto en Belgrano (cuando yo tenía 13 años y era la primera vez que entraba a una iglesia que no conocía y sin mi familia) un culto en el  que no entendí casi nada porque era en francés, apenas si pude acompañar algo en los himnos. Y ahí estaba esa señora tan alta y elegante, tan seria y amable al mismo tiempo, dándome la bienvenida y diciéndome que lo mejor era que fuera una hora más temprano, al culto en castellano.
Más adelante, cuando ya tenía 25 años, me invitó a participar del consistorio, donde tuvimos grandes encontronazos y desavenencias, pero ella sabía reencauzarnos y, con su mirada a largo plazo,  dirigirnos generalmente para donde ella quería.
Después, durante casi quince años, desaparecí del mapa y cuando regresé – con la frente marchita y el corazón desgajado—fue una verdadera alegría para mí reencontrarme con mi comunidad y sentir que me recibían como si ayer nomás me hubiera ido. Y otra vez Edith invitándome a participar, a involucrarme en la vida de la comunidad. En esos 6/8 años compartidos, tanto en la iglesia como en el Presbiterio, aprendí de ella a tener una mirada más humana, más comprensiva de nuestras fallas y deseos, a pesar de nuestros enfoques divergentes pero con una misma fe....

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Edith ha dejado en cada uno de nosotros y nosotras una huella imborrable producto de su testimonio de fe en el Señor de la Vida, su fe arraigada sólidamente en los fundamentos bíblico teológicos y en la doctrina reformada.
Su consagración en el Consistorio de IERBA se extendió con el mismo entusiasmo, en el Presbiterio y en el Sínodo de la Iglesia Valdense, a partir de la adhesión de IERBA a la organización de la Iglesia Evangélica Valdense rioplatense.
Recordamos su presencia firme, sus palabras precisas y comprometidas, su pulso respetuoso siempre dispuesto al diálogo fraterno.
Entre los múltiples dones puestos al servicio de Cristo y de su Iglesia, no olvidamos también su amor por la música, acompañada con el mismo don de su esposo Werner Bognar.

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Vivimos en un  tiempo de una gran diversidad religiosa, la cual se manifiesta también dentro del cristianismo en general y de las iglesias evangélicas en particular. Defender el espíritu de unidad en medio de la diversidad es una señal de buena salud espiritual y comunitaria. Y para que una iglesia pueda vivir y desarrollarse necesita del compromiso activo de sus miembros. No se trata de pedir a todos que se comprometan de la misma manera, haciendo lo mismo y disputando los puestos de responsabilidad. Se trata, sí, de poner a disposición lo mejor de cada uno para crecer juntos como comunidad de fe. Y Edith sabía mucho de todo esto, por eso estamos tan agradecidos a Dios por su vida y testimonio de fe.

«He peleado la buena batalla, he llegado al término de la carrera, me he mantenido fiel.
Ahora me espera la corona merecida que el Señor, el Juez justo, me dará en aquel día. Y no me la dará solamente a mí, sino también a todos los que con amor esperan su venida gloriosa»

Timoteo 4: 7-8