viernes, 17 de mayo de 2013


Nueva Caledonia - febrero 2013

Nos conocimos en Ezeiza. Supe que eran ellos en cuanto los vi. El con un termo bajo el brazo, ella tomando mate de bombilla. Quiénes podían ser sino mis dos compañeros uruguayos con quienes viajaría a Nueva Caledonia? Me acerqué a ellos, y nos presentamos: Ana Bertinat, de Colonia Cosmopolita, Mario Franchini, de Paysandú, y yo, Edith Naef, de Buenos Aires. Los tres viajábamos en representación de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata al Seminario de la CEVAA en Nueva Caledonia. El vuelo se demoró, y nos dio la oportunidad de empezar a conocernos. Hablamos de nuestras expectativas, de lo que pensábamos nos depararía el viaje, de nuestros temores e ilusiones.
La CEVAA (Comunidad Evangélica de Acción Apostólica) fue creada hace 40 años en París por iglesias pro-testantes de diversos continentes para, entre otros objetivos, generar nuevos lazos entre sociedades misio-neras. Actualmente la componen 37 iglesias de 24 países y se la conoce como Comunidad de Iglesias en Misión. A principios de febrero de este año la CEVAA organizó un Seminario de Animación Teológica en Nueva Caledonia, para la región Pacífico/América Latina, con el propósito de reflexionar y tratar distintos temas comunes a las iglesias de la región.
Y hacia allí partimos los tres. Después de un vuelo de más de 15 horas y una diferencia horaria de otras 14 horas, llegamos a Sydney en un vuelo directo sin escalas y sin sobresaltos. Tras una corta escala en Sydney, tomamos otro vuelo a Nouméa, la capital de Nueva Caledonia, donde nos alojamos en la casa pastoral anexa al Viejo Templo. El Pastor Caïko y su esposa Maliá, nos recibieron con toda cordialidad y hospitalidad, y nos sentimos cómodos desde el primer instante.

Nueva Caledonia es un archipiélago de Oceanía, situado en la Melanesia, a la altura del trópico de Capricornio, en el sudoeste del Océano Pacífico, a unos 1.500 km al este de Australia. La componen una isla principal, alargada y angosta, conocida como la «Grande Terre», la Isla de los Pinos al sur, las Islas Loyauté al este (que incluyen las islas Maré, Lifou y Ouvéa) y otras islas menores.
Todas las islas están rodeadas por la barrera de Nueva Caledonia, un arrecife de coral que se extiende paralelo y a cierta distancia de la costa, encerrando una gran laguna interior de aguas profundas, transparentes y de un característico color verde turquesa. Sus playas son de arena clara y fina, con palmeras y cocoteros, y los exclusivos pinos columnares, típicos de las islas, una variedad de araucaria, autóctona, de silueta alta y delgada que se recortan contra el horizonte.

El territorio de Nueva Caledonia reviste el carácter de dependencia francesa, que tiene el status particular dentro de la República Francesa, de colectividad especial, que la sitúa entre la de un país independiente y un departamento de ultramar francés. Fue James Cook a fines del siglo XVIII el primer europeo que descubrió las islas, y las bautizó Nueva Caledonia porque el aspecto de las costas de las islas le recordó su tierra natal de Escocia, cuyo antiguo nombre latino era Caledonia.
Nouméa es la capital de Nueva Caledonia, situada en el sur de la isla grande. Es una ciudad culturalmente europea, de unos 100.000 habitantes, donde se mezclan diferentes etnias: melanesia, polinesia, asiática y francesa. Es una ciudad desarrollada, una de las ciudades más industriales del sur del Pacífico, debido en gran parte a su puerto comercial y a la explotación minera del níquel, que le dio impulso a la capital.

En Nouméa conocimos al Pastor Samuel Johnson, Secretario Ejecutivo de la CEVAA, organizador del Seminario, quien nos adelantó el programa y el tema que tendríamos que desarrollar: «La cuestión de la tierra a la luz del Evangelio en América Latina». Ahí mismo nos pusimos los tres a trabajar. Afortunadamente tanto Ana como Mario provienen de zonas rurales, por lo que el tema no les era ajeno, y pudimos armar una buena presentación.
Dos días después, tomamos un ferry de Nouméa a la Isla Maré, donde nos esperaban para llevarnos a Roh, un pintoresco pequeño poblado al norte de la isla, en el que tendría lugar el Seminario.
Eramos 42 seminaristas en total: 6 polinesios de Tahiti, nosotros 3 de Latinoamérica, y el resto eran autóctonos de Nueva Caledonia (llamados canacos). Ana y yo tuvimos el privilegio de alojarnos en casa de Manie, nuestra encantadora anfitriona canaca, y Mario se alojó junto con un seminarista polinesio en una típica choza canaca.
La religión predominante en el territorio de Nueva Caledonia es el cristianismo, distribuido entre católicos y protestantes en partes proporcionales, aunque con predominio de unos sobre otros según los lugares. El principal culto protestante es el de la iglesia evangélica, que en la Isla Maré representa un 80% de su pobla-ción. Los primeros evangelizadores llegaron a la isla a mediados del Siglo XIX, en una pequeña piragua, provenientes de Samoa, y muy rápidamente los canacos adaptaron sus tradiciones y costumbres a la religión evangélica.

En cuanto llegamos a Maré, los canacos empezaron a darnos muestras de su hospitalidad, generosidad, simpatía y alegría. La cultura canaca es una cultura ancestral que se simboliza por el «geste coutumier» (el gesto tradicional): la entrega de un tejido, algún objeto alegórico, y dinero (cuyo valor es más bien simbólico), que se le regala al visitante para darle la bienvenida. Este gesto va acompañado de un largo discurso, en el cual recitan sus historias y costumbres. A su vez, el visitante retribuye con otro discurso y/o con otra ofrenda a su anfitrión.
La cultura tradicional de los canacos se basa en la tribu y en las actividades comunitarias, en las que todos colaboran. La comunidad se ocupa de que nadie pase hambre o necesidades y se ocupa de reparar las viviendas, pescar, o cultivar la tierra. Cada comunidad vive en un poblado y tiene sus propias tradiciones y leyendas, su propio dialecto, y su propio jefe, que hoy todavía es el que habla en nombre de toda la tribu, en la que los ancianos son respetados y escuchados. A pesar de esa gran diversidad, viven en perfecta armonía y paz entre todas las comunidades. En el aspecto material, tienen todo lo necesario para vivir bien, con todas las comodidades, y no buscan más, son felices con lo que tienen. Hasta la noción del tiempo es distinta para ellos: no se ajustan al reloj, y sin embargo nunca llegan tarde, y siempre tienen tiempo para todo y para todos. Saben disfrutar de la vida, es un pueblo alegre y feliz, de grandes familias que se reúnen para comer y cantar. Cantan en todo momento, todos juntos, antes de comer, después de comer, y lo hacen a varias voces, magníficas voces. La vestimenta de las mujeres también denota alegría, visten con hermosos vestidos de grandes estampados y colores fuertes y vistosos.
Son ellas, las mujeres, las que preparan las comidas. El producto básico de las comidas es el ñame, un tubérculo que se cultiva en todo el territorio, y que tiene un significado muy especial, no solo porque es la base de su sustento, sino también porque el ñame es vida para los canacos, el ñame cura, y es esencial en ciertos ritos y costumbres (nacimientos, casamientos, inauguraciones, etc.). El ñame junto con el arroz acompañan platos con pollo, pescado, cerdo y carne. O con murciélago, que según nos han asegurado - porque no me animé a comprobarlo - es un manjar.
La comida tradicional de los canacos es el «bougna», que nos prepararon un día para homenajearnos, en cuya elaboración también participan los hombres. Consiste en pollo, pescado, carne, ñames, batatas, calabazas, diversas legumbres, bananas y otros ingredientes, que se rocían con leche de coco y se envuelven en hojas de banano y cocotero, y luego se colocan en un gran hoyo en el suelo, calentado por piedras calientes, y se tapa todo con grandes hojas. Luego de varias horas de cocción, el bougna está listo para comer, una comida rica y sabrosa.
Pero no fuimos a Nueva Caledonia solo para comer. Teníamos una misión que cumplir, la de asistir y participar en el Seminario. El programa era exigente: desayuno a las 7, reunión en el templo a las 8 para la oración y meditación, exposición de los distintos temas a las 8:30, breve pausa para café y/o refrescos a las 10:30, y luego nos repartíamos en tres grupos para tratar distintos asuntos en talleres de trabajo. Almuerzo a las 12:30 y luego breve descanso hasta las 14:30, cuando reiniciábamos nuestras actividades en los talleres de trabajo.
Nueva pausa a las 16:30 para café y/o refrescos y a las 17:00 nos reuníamos todos juntos en el templo para intercambiar las conclusiones a las que había llegado cada grupo de trabajo.

El Seminario se desarrolló íntegramente en francés, idioma que compartimos todos los seminaristas partici-pantes. El primer tema fue abordado por un Doctor en Teología polinesio, quien disertó de manera muy ilustrativa sobre el Evangelio y su inserción en la cultura polinesia.
La iglesia de Nueva Caledonia tuvo a su cargo una disertación sobre el Evangelio y la identidad canaca, un tema de mucho significado para los canacos, que valoran su identidad, intentando mantener su tradición cul-tural y sus antiguas costumbres, lo que no es fácil. En Nueva Caledonia hay distintas identidades según el lugar, y como se hablan 32 dialectos, se hace más compleja la comunicación en el país, y por lo tanto más compleja la definición de su identidad.
El Secretario General de la CEVAA habló sobre la gestión de los conflictos dentro de la iglesia, tema que de una forma u otra es común a todas las iglesias. Siendo la iglesia una organización de la sociedad, no está exenta de ellos, ya que los conflictos son inherentes a las relaciones sociales, económicas, políticas y religiosas entre los seres humanos. La iglesia debe por lo tanto estar preparada para la gestión de conflictos. El resultado depende mucho de la manera como se manejan: la buena gestión de un conflicto puede abrir nuevas perspectivas y contribuir al desarrollo de la iglesia. Para empezar a resolverlos hay que aprender a escuchar a todas las partes, a entender, a comprender los problemas y sus causas profundas, no ignorarlos. En algunos casos habrá que actuar a tiempo, en otros, habrá que tomarse tiempo, especialmente en cuestiones de doctrinas.

El tema para el grupo latinoamericano fue el de «La cuestión de la tierra a la luz del Evangelio en América Latina». Empecé con una breve introducción citando algunos pasajes de la Biblia en los que se resalta que la tierra es un don de Dios, y que como tal el hombre debe recibirla, respetarla, cultivarla, y disfrutarla en justicia y equidad para todos. La tierra siempre tuvo un significado esencial para el hombre, porque representa su identidad, su familia, su sustento, su vida misma, su futuro. Luego Ana tomó la palabra para referirse a la utilización de la tierra en los tiempos actuales, métodos y técnicas más usados, con ejemplos de su propia experiencia. Finalmente, y para gran alivio de Ana y mío, tomó la palabra Mario, quien con gran locuacidad se explayó sobre el tema, en tono ameno y entretenido. Luego llegaron las preguntas -señal de que nos habían prestado atención- que pudimos contestar adecuadamente.
Las disertaciones sobre los temas propuestos fueron todas muy aleccionadoras y edificantes, promoviendo un intercambio de ideas y opiniones. En los talleres de trabajo se analizaron distintos pasajes bíblicos de di-ferentes temáticas: un salmo, un pasaje del Génesis y otro de los Hechos de los Apóstoles. Fue muy intere-sante observar los distintos aportes e interpretaciones de los integrantes de cada grupo, y luego compararlos con los de los demás. Más de la mitad de los participantes al Seminario eran pastores, de manera que el nivel de conocimientos bíblicos de los grupos era elevado y permitió que los debates e intercambios fueran sumamente instructivos.
Al finalizar el Seminario, nos reunimos todos a un costado del templo, donde cada región plantó un coco en representación de su país, dejando así una semilla que brotará y crecerá y quedará para siempre implantada en el suelo de Nueva Caledonia, en recuerdo de la amistad y confraternidad entre nuestros países. Ana y Mario plantaron un coco en nombre del Uruguay, y yo planté otro en nombre de la Argentina, por lo que cada uno de nuestros países tiene ya su propio cocotero en la comunidad de Roh.

En el fin de semana nos llevaron a conocer la isla Maré. El tiempo estaba lluvioso, por momentos llovía torrencialmente, pero no por eso dejamos de ver y de admirar las bellezas de la isla, su vegetación tropical, el mar tranquilo en el horizonte, las olas que rompían contra la barrera de coral a lo lejos, y las aguas verdes y apacibles de la laguna que llegaban hasta la playa, cuyas finas arenas pisábamos descalzos mientras recogíamos trocitos de coral, endurecidos y blanqueados, que el mar había dejado como un regalo para nosotros. En el camino de regreso visitamos una destilería de sándalo, madera de la cual se extraen aceites que se utilizan como esencias en perfumería, y que representa una importante fuente de ingresos para los canacos que cultivan los árboles en sus tierras.
Al volver de este paseo a Ana y a mí vino a buscarnos el pastor de la iglesia de Cerethi, una pequeña comunidad en el este de la isla, a unas cuantas horas de viaje, para pasar la noche en una típica choza canaca de esa comunidad, y poder asistir al día siguiente al culto dominical de su iglesia. Las chozas canacas son pequeñas viviendas, cuadradas o redondas, hechas de paredes de paja con base de madera o de mampostería, y techos cónicos de paja. Los pisos son de tierra, sobre los cuales se colocan esteras, y colchonetas para dormir. El calzado debe dejarse en la puerta, y como éstas son muy bajas, se entra descalzo y agachado, en signo de humildad, otra de las virtudes de los canacos. En el centro hay un pequeño hoyo en el cual se hace fuego en las noches frías, lo que no fue necesario en pleno verano. La choza estaba ubicada en medio de altas palmeras, al pie de una pequeña duna, detrás de la cual estaba el mar en toda su inmensidad. Fue maravilloso dormirnos con el murmullo del mar y levantarnos a las 5 de la mañana siguiente para ir a ver la salida del sol, detrás de las nubes, lo que también tenía su encanto.

Luego fuimos al culto dominical, una parte del cual se hizo en francés, pero la mayor parte en el dialecto re-gional canaco (las lecturas bíblicas podíamos seguirlas en nuestra Biblia en francés, pero no así la prédica), y los himnos también se cantaron en canaco, muy melodiosos por cierto. En las iglesias de Nueva Caledonia se cantan los himnos religiosos a varias voces y acompañados generalmente por guitarras, y en el templo de Roh contábamos además con el hijo de un pastor polinesio que tocaba el ukelele, lo que le daba un toque muy autóctono a los himnos.
Igualmente nosotros le dimos un toque «nuestro» a los himnos, cantando en español. Ana, que tiene muy buena voz, les enseñó al resto de los seminaristas la letra (en español, con traducción a varios idiomas) y la música del himno «Dios está aquí», y les gustó tanto a todos que terminamos por cantarlo en toda ocasión, acompañados de guitarra y ukelele, y se convirtió en algo así como el himno del Seminario.
También vivimos experiencias emocionantes. Un día, después de almorzar, mientras estábamos descansando antes de reiniciar nuestra tarea en el Seminario, nos avisaron que había un alerta de tsunami y que pasarían a buscarnos en unos minutos en una camioneta para llevarnos a la parte más alta de la isla. El tsunami ya había pasado por las islas Salomón, al Norte, arrasando 5 pueblos a su paso, y se dirigía al Sur. Toda la comunidad se dirigió a esa parte alta de la isla y tuvimos que esperar más de dos horas hasta que nos autorizaron a bajar, cuando llegaron las noticias que el tsunami se estaba perdiendo en el Pacífico y no pasaría por la isla. No fue una experiencia muy divertida, al mediodía y a pleno sol, pero nos sentimos aliviados cuando supimos que el tsunami no tocaría las islas de Nueva Caledonia.

Y llegó el triste momento de despedirnos de nuestros amigos de Roh. Había sido una semana rica en expe-riencias de todo tipo, pero en especial debemos destacar y valorar la hospitalidad y la amistad de todos los canacos que hemos conocido y que tanto nos brindaron durante nuestra estadía, y la confraternidad con los seminaristas polinesios, además de las múltiples enseñanzas que nos ha dejado el Seminario.
Volvimos a Nouméa, de donde tomaríamos el avión de regreso a casa dos días después. Y llegó también el triste momento de despedirme de mis dos compañeros latinoamericanos con quienes compartí tantas viven-cias. Fue triste, pero la tristeza de la despedida estuvo en parte compensada por el privilegio de haber iniciado una nueva amistad «al otro lado del charco».
Sin duda que Nueva Caledonia está muy lejos, pero al mismo tiempo tan cerca nuestro, ahora que la hemos conocido y recordamos lo que vivimos los tres en ese país de gente maravillosa. Lo que el Seminario nos ha enseñado, lo que hemos aprendido de nuestros anfitriones canacos, las nuevas amistades que hemos hecho, lo que hemos visto y conocido de esos lugares, lo que hemos vivido, todo fue una experiencia tremendamente positiva y enriquecedora que guardaremos para siempre en nuestra memoria.

Edith Naef - Marzo de 2013