jueves, 30 de enero de 2014

Iglesia, Misión y Liderazgo


Las señales de una Iglesia Viva
SEGÚN HECHOS 2:14-47

¿Qué es lo que hace que una iglesia esté viva? ¿Hay señales que marcan la vitalidad de una comunidad de fe?  En Hechos 2:14-47 tenemos una de las muchas respuestas que podemos encontrar en el Nuevo Testamento; dicho relato se refiere a la iglesia primitiva en Jerusalén. Sintetizamos algunas definiciones así:

La predicación apostólica sobre el Espíritu Santo: el mensaje del apóstol Pedro en este caso, con referencia al Espíritu Santo en una profecía de Joel, profecía que se hace realidad en la Iglesia que nace de Cristo resucitado.
La predicación sobre el ministerio de Cristo a favor del mundo, también del apóstol Pedro y con argumentaciones basadas en varios salmos y la alusión al rey David.
La solicitud a los apóstoles del asesoramiento pastoral: ante la predicación muchas personas quedaron tristes y se sintieron profundamente pecadoras, por eso necesitaban de un seguimiento pastoral que las sacara del pozo de la baja auto-estima.
El llamado apostólico al arrepentimiento y al Bautismo: el arrepentimiento por los pecados personales no tiene por qué terminar en un callejón sin salida ni en la desesperación; puede ser el comienzo de algo nuevo y fundamental: la vida de quien sigue a Cristo. Para ello existe un rito externo que implica la fe personal: el Bautismo. El Bautismo con agua debe ir de la mano del Bautismo del Espíritu Santo, esto es, de la fuerte comunión con Dios.
El Bautismo de muchas personas y la incorporación a la Iglesia: Dios llama a todos y algunos responden a su llamado; Dios llama generación tras generación, y quienes se integran a la Iglesia tienen mucho para decir y para hacer. Hay iglesias multitudinarias; otras son pequeñas; pero en cada comunidad de fe se puede experimentar el poder y la presencia de Dios.
El estudio de la vida y el ministerio de Cristo: los apóstoles fueron los comunicadores de lo que Jesús dijo e hizo; quien quiere aprender de Cristo hoy tiene que leer la Biblia y sumarse a las actividades de la Iglesia que promueven la reflexión cristiana con contenido bíblico.
La perseverancia en la comunión fraternal: muchos estuvieron juntos compartiendo las manifestaciones del Espíritu Santo (Hechos 2:1-13, la primera parte del relato de Pentecostés); también lo estuvieron al escuchar la predicación de Pedro y en las respuestas personales y grupales a dicha predicación; ahora deberán seguir caminando juntos. Una iglesia sin comunión fraternal, sin amistad sincera, está enferma.
La participación en la Santa Cena: así como el Bautismo es una etapa en la vida cristiana, un momento puntual muy significativo, la Santa Cena es un momento litúrgico que se repite para tener memoria permanente de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El Bautismo requiere agua; la Santa Cena: pan y vino. Ambos actos son señales de Cristo en la vida de la Iglesia.
La necesidad de compartir las oraciones: la oración personal es el encuentro íntimo del creyente con Dios; y la oración en las celebraciones es el encuentro público de la Iglesia con Dios. Ambas formas son canales indispensables del Espíritu Santo.
El crecimiento del testimonio de los apóstoles en la sociedad: la Iglesia fue creciendo  gracias a la predicación, a los actos de sanidad, al compartir con el pueblo, al ser testigos del Señor que realizó su ministerio entre la gente.
El compartir la vida de la Iglesia, llevando bienes materiales para suplir las necesidades de los prójimos en necesidad: había muchos pobres entre los seguidores/as de Jesús;  había varones y mujeres, incluyendo a los propios doce discípulos, que habían venido desde Galilea con Jesús; y en Jerusalén debían subsistir como podían. Como comunidad de fe necesitaron compartir lo poco o lo mucho que, ellos y los que se incorporaban a la Iglesia, podían aportar.
La perseverancia en la asistencia al culto en el templo: el Templo de Jerusalén fue el templo de los primeros cristianos de esa ciudad; en muchos lugares las sinagogas también servirán de templos durante las primeras décadas del cristianismo.
La vida en común también en las casas particulares, visitándose mutuamente para alegrarse en comunidad y con sencillez de corazón: existían casas donde se efectuaban celebraciones cristianas; todo muy doméstico pero a la vez muy vivencial. Era un cristianismo cotidiano.
La alabanza a Dios permanente: quienes escuchaban las predicaciones, compartían bienes y comidas, celebraban cultos y forjaban estrecha amistad entre sí, teniendo memoria de Cristo en la Santa Cena y en otros momentos, podían dar gracias a Dios de corazón. La alabanza era una forma de vida.
El testimonio de la Iglesia en medio del pueblo: lo que se vivía dentro de la vida de la Iglesia trascendía hacia fuera de alguna manera. No se puede ocultar un gran gozo comunitario; no hay por qué negar una experiencia que cambia la vida para bien; si hay sentido para vivir y reunirse, y para esperar juntos en el Dios que resucitó a Jesús, también muchas otras personas podrán estar interesadas en participar.
El crecimiento de la Iglesia por aquellas personas que se sintieron tocadas por ese testimonio: no se trató de un crecimiento forzado sino como consecuencia lógica de las  formas de ser Iglesia que hemos sintetizado.

¿No le parece que es para tener en cuenta?

Álvaro Michelin Salomon