El 7 de marzo en Egipto se realizó el
culto-inicio del día Mundial de Oración. Bajo el lema «Manantiales en el
desierto» mujeres del DMO de ese país dieron testimonio de la importancia del
agua como fuente de vida diaria, a la vez que «un pozo de agua» es un lugar de
encuentro comunitario. Compartimos testimonios ofrecidos en el culto, que nos
remite a situaciones poco conocidas para nosotros que disfrutamos (y muchas
veces derrochamos) algo que para otros es elemental: el agua!!
1) «Yo vivo en un pueblo chico en el Egipto
de hoy, y me las arreglo con lo poco que tengo.En el pueblo las mujeres hacemos muchas cosas para alimentar a la
familia. Trabajamos la tierra, alimentamos a los animales, hacemos queso y
yogur y cocinamos los grandes panes chatos. Hace poco que aprendí a leer. Mis
vecinas van casi todas a la mezquita, los viernes. En mi pueblo no hay iglesia,
por eso, los domingos, voy a la iglesia en la ciudad, con mi familia. Damos
gracias a Dios y le alabamos por el Nilo y sus lagos. Este río que viene de
África Central riega nuestros campos, calma nuestra sed y nos provee de
cantidades de pescado que podemos comer. Es el segundo más largo de los ríos
del mundo y nos une con pueblos de otros países y diferentes culturas. Y sus
aguas que corren simbolizan el agua de vida que Jesús nos ofrece a todos».
2) «El agua es esencial para la vida. Una fuente o un manantial son la
reserva de agua que se necesita para vivir en el desierto. Aprendí que en
hebreo la palabra para decir «fuente» es igual a la palabra para decir «ver».
Me imagino que yo estoy sentada al lado del pozo, mirando hacia abajo. El agua
es como un espejo. Me veo a mí misma, pero además, mirando más de cerca, veo
todo el mundo, veo que se forman corrientes de agua en el desierto. Veo a Jesús
que ofrece su agua viva y veo a los jóvenes y las mujeres que van y ofrecen
esta agua viva a todas las personas que encuentran. Puedo ver que Dios transforma
los desiertos de desolación, desesperación y destrucción en corrientes de agua
de amor y de vida.»
¿Qué es lo que hace que
una iglesia esté viva? ¿Hay señales que marcan la vitalidad de una comunidad de
fe? En Hechos 2:14-47 tenemos una de las
muchas respuestas que podemos encontrar en el Nuevo Testamento; dicho relato se
refiere a la iglesia primitiva en Jerusalén. Sintetizamos algunas definiciones
así:
La predicación apostólica sobre el Espíritu Santo: el mensaje del apóstol Pedro en este caso, con referencia al Espíritu
Santo en una profecía de Joel, profecía que se hace realidad en la Iglesia que nace de Cristo
resucitado.
La predicación sobre el ministerio de Cristo a favor del mundo, también del apóstol Pedro y con argumentaciones basadas en varios
salmos y la alusión al rey David.
La solicitud a los apóstoles del asesoramiento pastoral: ante la predicación muchas personas quedaron tristes y se sintieron
profundamente pecadoras, por eso necesitaban de un seguimiento pastoral que las
sacara del pozo de la baja auto-estima.
El llamado apostólico al arrepentimiento y al Bautismo: el arrepentimiento por los pecados personales no tiene por qué terminar
en un callejón sin salida ni en la desesperación; puede ser el comienzo de algo
nuevo y fundamental: la vida de quien sigue a Cristo. Para ello existe un rito
externo que implica la fe personal: el Bautismo. El Bautismo con agua debe ir
de la mano del Bautismo del Espíritu Santo, esto es, de la fuerte comunión con
Dios.
El Bautismo de muchas personas y la incorporación a la Iglesia: Dios llama a todos y algunos responden a su llamado; Dios llama
generación tras generación, y quienes se integran a la Iglesia tienen mucho para
decir y para hacer. Hay iglesias multitudinarias; otras son pequeñas; pero en
cada comunidad de fe se puede experimentar el poder y la presencia de Dios.
El estudio de la vida y el ministerio de Cristo: los apóstoles fueron los comunicadores de lo que Jesús dijo e hizo;
quien quiere aprender de Cristo hoy tiene que leer la Biblia y sumarse a las
actividades de la Iglesia
que promueven la reflexión cristiana con contenido bíblico.
La perseverancia en la comunión fraternal:
muchos estuvieron juntos compartiendo las manifestaciones del Espíritu Santo
(Hechos 2:1-13, la primera parte del relato de Pentecostés); también lo
estuvieron al escuchar la predicación de Pedro y en las respuestas personales y
grupales a dicha predicación; ahora deberán seguir caminando juntos. Una
iglesia sin comunión fraternal, sin amistad sincera, está enferma.
La participación en la
Santa Cena: así como el
Bautismo es una etapa en la vida cristiana, un momento puntual muy
significativo, la Santa
Cena es un momento litúrgico que se repite para tener memoria
permanente de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El Bautismo requiere
agua; la Santa Cena:
pan y vino. Ambos actos son señales de Cristo en la vida de la Iglesia.
La necesidad de compartir las oraciones: la
oración personal es el encuentro íntimo del creyente con Dios; y la oración en
las celebraciones es el encuentro público de la Iglesia con Dios. Ambas
formas son canales indispensables del Espíritu Santo.
El crecimiento del testimonio de los apóstoles en la sociedad: la Iglesia fue creciendo gracias a la
predicación, a los actos de sanidad, al compartir con el pueblo, al ser
testigos del Señor que realizó su ministerio entre la gente.
El compartir la vida de la
Iglesia, llevando bienes materiales para suplir las necesidades
de los prójimos en necesidad: había muchos
pobres entre los seguidores/as de Jesús;
había varones y mujeres, incluyendo a los propios doce discípulos, que
habían venido desde Galilea con Jesús; y en Jerusalén debían subsistir como
podían. Como comunidad de fe necesitaron compartir lo poco o lo mucho que,
ellos y los que se incorporaban a la
Iglesia, podían aportar.
La perseverancia en la asistencia al culto en el templo: el Templo de Jerusalén fue el templo de los primeros cristianos de esa
ciudad; en muchos lugares las sinagogas también servirán de templos durante las
primeras décadas del cristianismo.
La vida en común también en las casas particulares, visitándose
mutuamente para alegrarse en comunidad y con sencillez de corazón: existían casas donde se efectuaban celebraciones cristianas; todo muy
doméstico pero a la vez muy vivencial. Era un cristianismo cotidiano.
La alabanza a Dios permanente: quienes
escuchaban las predicaciones, compartían bienes y comidas, celebraban cultos y
forjaban estrecha amistad entre sí, teniendo memoria de Cristo en la Santa Cena y en otros
momentos, podían dar gracias a Dios de corazón. La alabanza era una forma de
vida.
El testimonio de la
Iglesia en medio del pueblo: lo
que se vivía dentro de la vida de la Iglesia trascendía hacia fuera de alguna manera. No se puede
ocultar un gran gozo comunitario; no hay por qué negar una experiencia que cambia
la vida para bien; si hay sentido para vivir y reunirse, y para esperar juntos
en el Dios que resucitó a Jesús, también muchas otras personas podrán estar
interesadas en participar.
El crecimiento de la
Iglesia por aquellas personas que se sintieron tocadas por
ese testimonio: no se trató de un crecimiento forzado
sino como consecuencia lógica de las formas
de ser Iglesia que hemos sintetizado.
“Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin
por sus jornadas,
conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim;
y
no había agua para que el pueblo bebiese”.
“Y entonces vino Amalec y peleó
contra Israel en Refidim”
(Ex. 17: 1 y 8).
Refidim es la actual Feiran, exaltada por los árabes como la “perla del
Sinaí” por tratarse. Desde hace milenios, de algo así como un paraíso en
miniatura. Ya Petrie había constatado que Feiran es toda ella un oasis, lo que
hacía lógico que los amalecitas la defendieran de las incursiones extranjeras.
Si allí el cllima no se modificó, según lo atestiguan las columnas de piedra
arenaria que se mantuvieron intactas por milenios, hay que pensar también que
no debe haber mutado su población estimada entre 5000 y 7000 nómades, por lo
que también Israel debía contar con unos 6000 hombres, como lo probaría el
combate indeciso con los amalecitas. El combate fue largo, pero finalmente con
la ayuda de Jehová la victoria fue de los israelitas que así tuvieron vía libre
para la surgente del oasis. Pero ya antes del combate y frente a los lamentos
del pueblo por la sed, Moisés siguiendo lo ordenado por Jehová había logrado
agua golpeando una peña en el monte Horeb (Ex. 17: 5-6). Este hecho fue
considerado incomprensible, por más que se tratase de un hecho natural para los
nativos de los territorios próximos al Sinaí.
La explicación se encuentra en el hecho de que la superficie lisa y dura
que con el tiempo siempre se forma sobre las piedras calcáreas, se rompe y cae
cuando se golpea, lo que hace que de sus poros broten chorros de agua.
Indudablemente Moisés, durante su exilio entre los medianitas, había conocido
este método tan insólito de hallar agua.
Con el pasar del tiempo, muchos eremitas y monjes se establecieron en
Feiran, donde fue construido un templo, y a 40 km al sud del oasis, al
pie del Sinaí, una pequeña capilla. Sin embargo, las tribus nómades y salvajes
no los dejan en paz y muchos monjes y eremitas pierden la vida, en las
continuas agresiones. Por eso en el año 327, cuando la octogenaria madre del primer
emperador cristiano Constantino, viaja a Jerusalén y toma conocimiento de los
padecimientos de los monjes del Sinaí, hace construir una torre de refugio a
los pies del monte. En el año 530, Justiniano, emperador de Oriente, construye
una fuerte muralla alrededor de la pequeña capilla al pie del monte Sinaí, la
que hasta el medioevo, recibía a los numerosos peregrinos que hasta allí
llegaban. Según una leyenda, aquel sitio recibió el nombre de Convento de Santa
Catalina, que se conserva hasta hoy.
Napoleón hizo restaurar los muros de aquel solitario convento y en 1859
un teólogo alemán descubrió en él uno de los más preciosos manuscritos sobre
pergamino de las Sagradas Escrituras que se hayan conservado: el famoso Codex
Sinaiticus, que proviene del siglo IV y contiene, en griego, el Nuevo
Testamento y parte del Antiguo. El zar lo recibe a cambio de cierta suma de
dinero para ser exhibido en la biblioteca de San Petersburgo. En 1933 el Museo
Británico lo adquiere por 500 mil dólares.
La pequeña capilla a los pies del Sinaí, fue construida en el sitio en
el cual Moisés, según la Biblia,
descubre la zarza ardiente del Exodo 3:2. También este prodigioso fenómeno ha
sido explicado de distintas maneras en base a las ciencias naturales. Un
experto de la flora bíblica, que fuera director del Jardín Botánico de Nueva
York, escribe: “… se considera que el fenómeno de la zarza que “ardía sin
quemarse” se debe a la llamada planta del gas, la Dictamnus Albus
L., una hierva muy desarrollada, de un metro de altura, con inflorescencias
color púrpura. Toda esta planta está cubierta de vesículas que contienen un
aceite muy fluido que se evapora en forma continua y que se enciende fácilmente
en presencia de una llama” Por su parte, el naturalista alemán Schwabe,
considera incluso la posibilidad de una autocombustión: la mezcla de gas y de
aire puede inflamarse por si misma por efecto del calor del sol cuando no hay
viento, mientras que la mata permanece intacta. O sea, que el fenómeno de la
zarza ardiente existe en la naturaleza.
Es también aceptada por algunos estudiosos que la “llama de fuego” haya
sido un ramo del muérdago de las flores carmesí (Loranthus acaciae) que crece
en toda la Tierra Santa
y en el
Sinaí entre las matas y los árboles de acacia. Cuando este muérdago está
en plena floración con luminosas y llameantes corolas, la mata aparece como
envuelta en fuego.
“Habían salido de Refidim, y llegaron al desierto de Sinaí,
y acamparon
en el desierto:
y acampó allí Israel delante del monte.
Y Moisés subió a Dios;
y Jehová lo llamó desde el monte diciendo:
así dirás a la casa de Jacob, y
anunciarás a los hijos de Israel”
(Ex. 19: 2-3).
“Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo” (Ex. 19: 25).
Y habló
todas estas palabras, diciendo:
Yo soy Jehová tu Dios, que te saqueé de la
tierra de Egipto,
de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de
mi”.
(Ex. 20: 1-3).
Sobre le Sinaí tuvo lugar algo único en la historia de la humanidad.
Allí se generó la raíz de una fe sin ejemplo y sin precedentes, cuya grandeza
tenía en si el poder de conquistar el mundo.
Moisés, nacido en un ambiente que creía en una multitud de divinidades,
en dioses de los más variados aspectos, proclama la fe en un solo Dios. Moisés
llega a ser el fundador del monoteismo: he aquí el grande, auténtico y
maravilloso milagro del Sinaí. El desconocido hijo de nómades, crecido en la
tierra extranjera de Egipto, descendió a su pueblo y les narró lo sucedido.
Nómades que viven en tiendas de cuero de cabra, en la estepa, bajo el cielo
abierto, son los primeros que comprenden el nuevo mensaje, que lo custodian y
lo llevan con ellos. Por 39 años quedará entre ellos, en la soledad de la
estepa, cerca de las fuentes por donde salta el agua a borbotones y los
silenciosos bebederos de umbrosos oasis, bajo el gemir del viento que sopla
sobre el áspero paisaje.
Pastoreando ovejas, cabras y asnos, ellos hablan de un Dios único y
grande: Jehová.
Así se inicia la admirable historia de esta fe que ha conquistado el
mundo. Sencillos pastores caminan entre cansados y sufrientes y llevan consigo
la nueva gran idea, la nueva fe a su patria, de la cual, un día, el mensaje se
difundirá por todo elmundo y por todos
los pueblos de la tierra.
“Yo soy el Señor, tu Dios: no tendrás dioses delante de mi”. Esta
afirmación no tiene igual, desde que los hombres viven sobre la tierra. Ningún
precedente, ningún ejemplo similar existía en otros pueblos.
Esta certeza es dada por los hallazgos y descubrimientos arqueológicos
hechos en Egipto, la tierra donde Moisés nació y fue criado, y en todos los
otros países del antiguo Oriente, pero enninguna de las manifestaciones y divinidades a las que se rendía culto
se halló la fuerza de cohesión, la idea moral y liberadora que reside en los
diez mandamientos que Moisés, desde la solitaria altitud del monte Sinaí,
introduce en el corazón y la mente de los hombres.